Navidades en Palestina… conclusiones – Por El Chojín

Hace bien poco regresé de uno de esos viajes que te cambian. La Asociación de Mujeres Artistas Contra la Violencia de Género me invitó a compartir con ellas la experiencia de conocer la realidad del pueblo palestino de primera mano. Evidentemente una semana no convierte a nadie en “experto en el conflicto de Oriente Próximo” y existen miles de complicaciones políticas, aristas y detalles legales y diplomáticos que desconozco y desconoceré. Sabiendo que nuestros anfitriones eran miembros del movimiento Al-Fatah y que ellos están más que interesados en mostrar al mundo la parte más cruda del día a día del pueblo palestino, entendiendo que -obviamente- ellos ni son imparciales ni tienen la más mínima intención de nombrar nada que huela a negativo en cuanto las acciones de su gente; siendo plenamente consciente de todo ello, concluyo que no es importante en absoluto porque lo que allí vimos habla por si solo.

La idea que tenemos en España coloquialmente sobre lo que ocurre en Gaza y Cisjordania es un chiste en comparación con lo que allí está pasando en realidad. Los palestinos están sometidos a un régimen de humillación imposible de asimilar. Me frustra saber que no voy a ser capaz de expresar fielmente lo que vi… Lo intentaré. Mi expedición se hospedó en un hotel de la ciudad palestina de Belén. Este histórico lugar está literalmente cercado por un muro de hormigón de entre seis y nueve metros de altura con torretas de vigilancia dispuestas a pequeños intervalos y alambres electrificados. Los palestinos que quieren salir de la ciudad a trabajar o estudiar a la vecina Jerusalén, se ven obligados a hacerlo a través de un “check point” lo que en la práctica significa lo siguiente: Para salir de tu ciudad-cárcel tienes dos opciones, a pie o en automóvil. La mayoría de los vehículos palestinos no tienen permiso para circular por Palestina y una cantidad increíble de las carreteras directamente están prohibidas para ellos, son caminos “solo para judíos” que se extienden a lo largo y ancho de sus tierras, repito, los israelís han construido una red de carreteras en Palestina -que no es su país- por las que no pueden circular los palestinos. Bien, como la salida de la ciudad en coche es muy complicada debido a la falta de permisos -permiso para salir de tu ciudad en tu propia nación por una potencia extranjera- los palestinos optan mayoritariamente por acercarse al “check point” andando. Lo he visto, colas de cientos de metros de personas hacinadas en estrechos pasillos formados por vallas, colas que hacen que abandonar Belén lleve una media de tres horas de espera. Tres horas de espera diarias para aquellos que por trabajo han de salir si o si de la ciudad. Esto en la práctica significa que la actividad en el check point comienza a ser intensa a las cuatro y media de la mañana… yo digo, si normalmente a nadie le gusta trabajar ¿Cómo debe ser estar condenado a levantarte cada día cuatro o cinco horas antes de tu hora de entrada esperando que el chico israelí de dieciocho años que está con su arma automática tras un cristal blindado decida aleatoriamente si ese día puedes o no pasar? Pues debe de ser una mierda.

Lo que he aprendido es que Palestina no existe porque Palestina es solo un grupo disperso de núcleos urbanos sin conexiones entre ellos. Un palestino de Hebrón no tiene permiso para ir a Qalqilya, uno de Belén no tiene permiso para ir a Ramala, y uno de Jericó por su puesto no tiene permiso para ir a Gaza. Todo está controlado por Israel, y ese es un hecho que nada tiene que ver con el antisemitismo, es la simple y constatable realidad. El día que volvíamos a Madrid vivimos una situación que nos había sido relatada con anterioridad, pero que cuando se ve se entiende de otra manera. Delante de nuestro autobús había una ambulancia, una que, por lo visto, no tenía permiso para abandonar la ciudad, en el interior había un bebé con sus padres, un bebé que a buen seguro debía estar muy mal; bien, tuvimos que esperar una hora de reloj a que viniera de Jerusalén una ambulancia con permiso para trasladar al niño al hospital… una hora. Nos dijeron en una parte de viaje que anualmente muchas mujeres mueren en los check points delante  la mirada indiferente de los soldados israelís esperando la ambulancia que les lleve al hospital a dar a luz, y cuando lo hicieron yo no estaba seguro de si era verdaderamente así o era simple propaganda, después de ver cómo trataron a aquella familia, hoy sé que lo que nos contaron es cierto.

Una de las cosas que más me llamó la atención fue una “ley” -y lo entrecomillo porque según la R.A.E ley es “Precepto dictado por la autoridad competente, en que se manda o prohíbe algo en consonancia con la justicia y para el bien de los gobernados” y aquí justicia no hay ninguna- según la cual, si un palestino sale de su casa, pierde automáticamente el derecho sobre ella y un judío puede ocuparla y convertirla en suya. Flipante. Uno se pregunta el por qué la pantomima ¿no sería mucho más rápido directamente dar una patada en la puerta y sacarles a punta de metralleta? Total… Bien, esta ley crea la curiosa situación de que existen miles de palestinos refugiados en su propio país después de haber perdido sus viviendas. En uno de esos campos de refugiados -en el de Aida- conocimos a una mujer cuyo hijo estaba condenado a cadena perpetua. Como ella no tiene permiso para salir de su ciudad, lleva veinte años sin verle… es decir, el castigo no es solo para su hijo sino también para todos aquellos que le quieren. Se le acusó de haber matado a un soldado israelí durante la Segunda Intifada. Si en verdad lo hizo entiendo que la justicia le encarcele, lo que no entiendo es el proceder del ejército de Israel. Después de la muerte del soldado fue en busca del sospechoso, y al no encontrarle detuvo a sus once hermanos y dijo que se pudrirían todos en la cárcel hasta que apareciera el culpable… o sea, Israel considera que once inocentes pueden encontrar una cadena perpetua solo porque su hermano -sin haber sido juzgado aún- era sospechoso de un crimen… ¡Y llaman a eso justicia!

Los asentamientos de colonos, las expropiaciones, los controles, las detenciones, los registros, la segregación… lo que está viviendo hoy el pueblo palestino es la máxima expresión de la humillación. Ningún motivo justifica ni de lejos el maltrato y el desprecio con el que es tratado un pueblo entero. Yo estoy siempre dispuesto a escuchar argumentaciones, las que oí allí no me sirvieron de nada. Es muy fácil decir que los palestinos son todos terroristas y que deben de ser tratados como tales, es tan fácil como estúpido por falso. Lo he dicho muchas veces y lo repetiré tanto como sea necesario: tu origen no te convierte en criminal. Lo que viven los hombres y las mujeres de Palestina es injusto sin paliativos y el mundo debe saberlo.

Fuente: www.fronterad.com

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