Mi familia se tiró más de dos largos años luchando contra las instituciones valencianas, no se trataba de ninguna lucha idealista o utópica, no pedíamos la nacionalización de la banca ni la expropiación de los medios de producción, tan sólo rogábamos, -mendigábamos más bien- que se aplicara la ley, su ley, la que ellos mismos habían legislado y aprobado en las Cortes.
Mi tía, de 82 años, es dependiente y como tal fue declarada “persona dependiente” por un profesional sanitario enviado por la ilustre Generalitat Valenciana. Ingenuos de nosotros pensamos que tras este trámite legal, la ley se aplicaría y mi madre, como persona que no puede trabajar fuera de casa porque tiene la necesidad de cuidar día y noche a una persona que no puede valerse por sí misma, empezaría a cobrar los 500 euros mensuales que les correspondían por ley. Decía Cicerón que “las leyes se han hecho para el bien de los ciudadanos” pero claro, a él no le tocó bregar bajo el imperio de Camps y compañía. Hubieron de pasar árduos y absurdos trámites, innumerables llamadas telefónicas e incluso pequeños amagos de manifestación familiar (pitos y pancarta incluidos) en los despachos de varios funcionarios, pero la familia (igual que el pueblo o la plantilla) que lucha unida, vence unida. No nos iba a chulear aquello que era nuestro y nos pertenecía, una administración corrupta y decadente que se vanagloriaba de ofrecer a la ciudad de Valencia circuitos de fórmula uno, mundiales de vela y visitas mesiánicas de papas oculta pedrastas de pasado en las juventudes hitlerianas. No sabían con quién se la estaban jugando; mi madre fue de las primeras 20 mujeres que se afiliaron a CC.OO en Valencia tras la legalización del sindicato en 1977 y mi padre continúa siendo un temido miembro del comité de empresa en la multinacional en la que trabaja como sufrido oficinista, yo ya sabéis la mayoría de vosotr@ en qué grupo musical tengo el orgullo y la necesidad de militar. Así pues, ejercidas sin descanso las medidas de presión de forma unitaria y sin escisiones oportunistas o revisionistas, vencimos sobre las instituciones. Puede parecer una tontería pero no lo es, apenas se ha aplicado la ley de dependencia y hay miles de familias en la Comunidad Valenciana privadas de este derecho social que insisto, aplicó el muy progre gobierno de ZP. Aquí dicha ley tienes que peleártela, trabajártela como si la generalitat fuera un patrón y la familia una plantilla laboral dada. Es el colmo del surrealimo jurídico, es la burguesía que ni si quiera aplica uno de los principios fundamentales del derecho burgués: la igualdad ante la ley.

Pero vayamos al quiz de la cuestión. Tras cobrar la mensualidad de forma más o menos regular durante varios meses, a 25 de enero de 2010 todavía no han ingresado el mes de diciembre, los 500 euros habituales. ¿Dónde están? ¿En el último traje de Camps? ¿En la última recalificación de terrenos? ¿Se invirtieron en maquinaria para derribar el Cabanyal? ¿En balas para nuestros soldados en Afganistán? ¿O quizá en condones de sabores para la próxima visita de Zapatero a la Casa Blanca?
Es difícil de narrar la frustración y la rabia que a uno le embriaga cuando ve un telediario (y todas sus mentiras y gilipolleces) y se encuentra en una situación de injusticia de tal calibre. Luego claro, es inevitable pensar que existen ahora mismo más de cuatro millones de familias que sobreviven sólo con 500 euros al mes, pero mal de muchos, consuelo de unos pocos, que no es sino la base moral del capitalismo y el camino al derrotismo y a la claudicación, en mi familia no cala ni reconforta el saber que hay otros mucho peor, aquí tenemos conciencia de clase.
Y la pregunta que subyace inevitable tras este galimatías legal es: ¿Qué hacemos? ¿Denunciamos a la Generalitat? ¿Atracamos bancos? ¿Ponemos una bomba? Por lo pronto cagarnos en las putas autonomías, en la generalitat y en la madre que los parió.
Luego, cuando estallen las bombas, políticos, periodistas e intelectuales de postín (e incluso raperos pacifistas/progres) condenarán a coro cualquier tipo de violencia y expresarán su más sincera condena y repulsa ante unos actos tan deleznables, la cantinela de siempre. Ahora guardan silencio ante esa violencia diaria ejercida por el sistema y que se manifiesta en familias desahuciadas porque no pudieron pagar la hipoteca, en padres y madres rebuscando en los contenedores de Carrefour alimentos caducados, compitiendo en una vorágine de supervivencia contra otros necesitados, peleando por un paquete de yogures pasados de fecha o por una barra de pan duro. Una violencia que se traduce en inmigrantes expulsados (cuando no agredidos salvajemente) porque sus servicios ya no son necesarios. Somos demasiados, claman las hordas neofranquistas, reduciendo al ser humano a mero engranaje del sistema productivo, a mero instrumento o herramienta que se desecha cuando ya no es necesaria. Un violencia permanente que toma cuerpo y se ejerce contra una masa de jóvenes precarios, un ejército de mendigos de trabajo sin importar las condiciones laborales o higiénicas o el sueldo. ¿Dónde está el límite? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a aguantar? ¿Volverá el derecho de pernada, ejercido por el nuevo señor feudal, es decir, el patrón? No es ciencia ficción, el acoso sexual es una realidad en muchos lugares de trabajo.
Socialismo o Barbarie gritó Rosa Luxemburgo hace muchos años, la mayoría han elegido barbarie. Cuando exploten las bombas, no tengáis la desfachatez de decir que no lo vistéis venir, no hagáis como el primate de Bush, que aparentemente ingenuo y desorientado, en un ejercicio de cinismo de dimensiones titánicas, se preguntaba aquello de “¿Por qué nos odian?” tras estrellarse los aviones contra las torres.
Cuando exploten las bombas no seáis cínicos.





